miércoles, 5 de diciembre de 2012

Epístolas Vampíricas IV





Abotonando el último botón de mi casaca, oscura como el resto de mi atuendo, escuché una risotada en la sala. No puede ser otro más que Cassiano quien, seguramente, acababa de terminar con la lectura de alguna novela.

Con calma terminé mi labor. No es que viviera preocupado por mi apariencia —como el propio Cassiano—,  pero es necesario andar presentable si uno va a acercarse a las personas. En mi caso no es cuestión de placer, sino de subsistencia.

Caminé con tranquilidad hacia la sala del pequeño departamento donde me hallaba alojado, cierto tiempo y, en efecto, vi a Cassiano con la expresión divertida y un libro en su regazo. La pregunta se caía de madura:
—¿De qué te ríes? —pregunté mientras me sentaba en el sofá contiguo. Era temprano no había prisa por salir.
—Es que esta novela, simplemente es… —no terminó de hablar y soltó otra risa.
—¿Divertida? —pregunté con sonrisa leve. Su alegría me había contagiado.
—¡Es patética! —vociferó como un loco al tiempo en que se ponía de pie— ¿Es posible que las personas crean en estas cosas?
—¿A qué te refieres?  —pregunté, calmado. No me sorprendió la reacción del portugués. Era muy incisivo a la hora de criticar lo que leía.
—¡Esta novela! Se llama Cincuenta Sombras de Grey y es una de las peores cosas que he leído.
—¿Cosas?
—¡Sí, cosas! ¿Hay algo de malo en que diga «cosas»?
—No es eso, sino que… cuando he publicado me han llamado inculto por usar dicha palabrita…
—Ese no es el punto, Blaine. Esta novela me ha hecho reír, pero por las razones incorrectas.
—Vamos, no puede ser tan mala —dije e hice un gesto con la mano.
—¿No puede ser tan mala? ¿No puede ser tan mala? ¡Es malísima! —aseguró Cassiano y dejó caer el puño cerrado sobre la pasta del libro que sostenía en la otra mano.
—A veces eres muy exigente; vamos, dale algo de crédito a su autor.
—Oh, Blaine, Blaine, Blaine…  Pecas de ingenuo.  Y seguramente que esta vez harás lo mismo que cada vez que no me gusta un libro.
—¿Leerlo para demostrarte que estás equivocado?
—¡No! Leerlo para estar seguro de que es tan malo como aduzco.
—¿«Aduzco»? Estás mejorando tu español —dije, y sonreí.
—Me pregunto qué diría Leopold sobre este libro.
—Estoy seguro de que no lo leería, por el mero hecho de ser un best seller.
—¿Y cómo leyó tus memorias?

Reí con estridencia. Cassiano , cada cierto tiempo, sacaba a relucir el tema: que Leopold leyera mis memorias y no las suyas. Lo que el portugués ignoraba era que Leopold, por el contrario, las había leído e incluso las había disfrutado, pero quería herir el enorme ego de su autor, razón por la que había mentido.
—¿Partimos? —pregunté.
—Estoy de mal humor. Adelántate, luego te alcanzo —respondió sin mirarme.

Sonreí, me puse de pie y palmoteé su espalda. Cassiano siempre fue un donjuán, educadísimo y noble, una gran persona para quienes lo conocemos, y no tanto para quienes no, aunque, pese a eso, tenía sus cosas —sí, cosas—, sus manías, y así había aprendido a quererlo. Creo que el resto del clan también se acostumbró a él y lo quería y respetaba.  De no ser así, el Clan Divino no hubiera sobrevivido a los siglos, unidos como hasta hoy.

Esa misma noche pasé por una librería en San Isidro. Estábamos por Lima en esos días. Compré la novela y cuando terminé de leerla, a la noche siguiente, me quedé con una idea rondando por mi cabeza: la literatura está muriendo.

Quizás el quid del asunto era ese; a lo mejor la cólera de Cassiano estaba cobijada en su inconsciente o en el mío, y fue provocada por el simple hecho de saber que aquellos autores leídos en siglos pasados, de diversos lugares y con distintos idiomas, ya no estaban más y nunca más volvería a aparecer ninguno que les llegara siquiera a los talones. Todo se había resumido a contar historias y a vender libros.

Sentado en el sofá, leyendo a oscuras la última hoja de dicho libro, y con una honda desesperanza contenida, sentí la mano del portugués sobre mi hombro y dejó oír su voz en un susurro:

—Malísima, ¿verdad, camarada?
—Verdad, camarada.

Nos fuimos a descansar.

Christian Blaine
Santiago de Chile, 14 de febrero de 2012

2 comentarios:

Bellarte dijo...

No sé qué opinar. Seguiré leyendo.

Micky Bane dijo...

Hola, ¿nos conocemos? ¿Cómo llegaste aquí?