jueves, 19 de agosto de 2010

Errores que matan.


Esta historia, es la tercera parte de algo que comenzó mi estimado amigo, Sebastián Kawashita, que prosiguió otro estimado amigo, Mingo Govea y que yo termino ahora con esta tercera parte. Quienes lean esto, deben tener en cuenta que hay dos partes previas y que para leer esta, deberían haber leído ya las dos primeras las que pueden encontrar aquí: http://networkedblogs.com/5dXQ7


-¿Qué te pasa, Diego? Estás pálido -dijo doña Susana, preocupada por su hijo, pero él no respondió.
-Déjalo mujer, así son los chicos hoy en día -añadió don Antonio, padre de Diego.
-¡Ay!, pero este chico me precupa, Tony... últimamente anda medio raro.
-Bueno, déjalo, ya se le pasará -don Antonio Gutierrez miró el reloj. Se le hacía tarde para irse a otra cena, pero de negocios.
-¿Ya te vas, papá? -preguntó Christian, un poco triste. Parecía lamentar que su padre tuviera que marcharse siempre y nunca compartir más tiempo con él y su hermano Diego.
-Sí, hijo, ya me tengo que ir. Es un asunto de negocios, como siempre -don Antonio desvió la mirada hacia su esposa-. Susy, ¿te los llevas tú o prefieres que llame a Pancho y los recoja?
-Deja al pobre Pancho en paz, querido. -dijo doña Susana, haciendo un gesto con la mano y recostándola luego sobre su pecho.
-Para eso le pago al cholo, pues mujer. Ese es su trabajo, ¿o no? -el rechoncho hombre de negocios volvió a mirar su reloj-. Bueno, me voy. Entonces tú te los llevas, Susy.

Una cena familiar en uno de los restaurantes más caros de Lima. Don Antonio Gutierrez era uno de los hombres más ricos e importantes del país, llamado uno de los "Doce Apóstoles", como decía el mito urbano sobre los doce hombres que controlaban todo el dinero del Perú. 

Pero este señor, con todo su dinero, jamás pensó que su propio hijo mayor, Christian, aquel que tanto lo quería y deseaba tener cerca siempre, era miembro de un joven partido comunista-socialista ultra radical. ¿A quién le pasaría por la cabeza que un joven sin necesidades económicas y estudiante de una de las universidades más caras de la capital pudiera tener este tipo de pensamientos?

Por otro lado, estaba el hermano menor de Christian de apenas quince años, estudiante del Roosevelt, de nombre Diego. Era un chico retraído pero normal. Tenía amigos con quienes jugaba en red y con quienes, además, tenía sus partidos de "fulbito"; mas, de un tiempo a esta parte, se había estado comportando de un modo bastante extraño.

Diego estaba enamorado de una niña llamada Romina, también de quince años y compañera de clases, pero ella no le hacía caso. Y esto no era porque a la niña el muchacho no le resultara atractivo ni mucho menos; simplemente lo veía raro, muy tímido, muy callado... Ella hubiera deseado que él se acercara a hablarle, ignorando por completo lo que él sentía, esa sensación que lo ponía tan nervioso cuando estaba cerca de ella.

Diego había intentado de todo: hablarle, mandarle una carta, acercarse y por lo menos preguntarle la hora, pero no podía; de sólo pensarlo un estremecimiento lo paralizaba. Simplemente no podía hacerlo. El temor lo doblegaba y le hacía temblar las piernas.

Su inseguridad se había forjado desde su niñez. Su padre, potentado empresario dueño de numerosas compañías casi nunca estaba en casa. Su madre, llena de remilgos y melindres, mirando por encima del hombro a todos los que no fueran de su clase, con una falsa lástima por ellos. Juntos, sus padres eran el ejemplo perfecto de lo que no se debe ser para criar a un par de varones con necesidades afectivas. Cualquier problema era solucionado con dinero, para salir del paso.

De algún modo, Christian resultó ser más desenvuelto que su hermano menor, llegando incluso a meter jovencitas a su habitación, dejando al pobre Diego insomne, oyendo los gemidos y ruidos provenientes del cuarto contiguo. El resultado de todo había hecho de Diego, un adolescente lleno de miedos y temores.

Si bien Christian parecía ser alguien sin ningún tipo de problema de conducta, ocultaba un rencor rebelde hacia sus padres; por eso a los dieciocho años, decidió unirse a las filas del Partido Comunista de los Andes Centrales o PCAC, donde todo mundo lo vio como un bicho raro, debido a su rubicundez y su acaudalada condición, lo cual hizo que fuera aceptado sin el menor reparo, sabiendo que el naciente partido necesitaba alguien que lo financiara.

Diego, retraído como era, tenía un talento: escribía. Y de qué manera. Tenía un diario en el que apuntaba todo lo que le había sucedido. Su cuaderno tenía más palabras escritas de las que hubiera pronunciado su boca alguna vez. y ahí estaba la clave para resolver el atentado causante de su temprana muerte a los quince años. Ahí estaba escrito, lo que un día antes había leído en una hoja que su hermano mayor dejó a su alcance, algo sobre una "misión". Algo que haría que Romina se fijase en él, aunque fuera por última vez.

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Jean Lupin, detective de origen francés y radicado en el Perú desde la década del 90, había luchado contra el terrorismo en la nación y logró capturar en 1992 al principal cabecilla terrorista de la época. Se había hecho un nombre en la prensa y era un reputado personaje desde aquel entonces. 

Se hizo famoso por su gran olfato e intuición a la hora de investigar la resolución de un caso. Y no sólo por eso, su apariencia era llamativa para la sociedad limeña, -la que había dejado de ser afrancesada un par de siglos antes-. El famoso detective solía vestir un pantalón de mezclilla oscuro, una camisa negra con una corbata del mismo color que dejaba ver sólo cuando se quitaba el largo abrigo negro de cuero, adornado con un cinturón desabrochado que colgaba sobre una de sus caderas. Los guantes, también de cuero oscuro, no dejaban nunca ver sus manos. El sombrero apenas si dejaba ve su cara El ligero mostacho al estilo de los mosqueteros y su largo cabello amarrado en una cola de caballo, definitivamente llamaban la atención de la prensa y de cualquier persona que pasara cerca de él.

Quienes trabajaban a su alrededor sabían que era un tipo misterioso, que no hablaba con nadie o casi nadie y que prefería trabajar solo. Sentado en su oficina, devorando folios con casos no resueltos, algunos incluso muy antiguos, y fumando cajetillas de cigarrillos traídos de su natal Lyon, adonde iba una vez cada año a respirar aire francés, o por lo menos eso era lo que se contaba entre las oficinas del viejo edificio en el centro de Lima donde Lupin espera los casos privados o enviados por la propia policía para su posterior resolución.

Salvo sus logros profesionales, nunca nadie supo mucho más sobre este hombre, salvo que tenía una obsesión: Arrasar con los residuos del terrorismo que parecía volver a tener vigencia después de veinte años, cogiéndolo por sorpresa, ahora que era aún más experimentado que en aquel entonces, cuando apena tenía treinta y dos años de edad a cuestas.

Una llamada telefónica fue suficiente para despertar en él un impulso parecido a la venganza. Las personas que trabajaban en las oficinas rentadas, adyacentes a la del misterioso francés, sabían que por alguna razón el odiaba con todas sus fuerzas el terrorismo, pero nadie sabía por qué.


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Miguel y Ricardo. Ricachón y pobre, respectivamente. Cada quien tenía su propia razón para pertenecer al PCAC, pero eso no importaba ahora. El nerviosismo los estaba carcomiendo por dentro. Un resortijón en el estómago, un síntoma parecido al del enamoramiento los apresaba, los dominaba...

El sedán negro en el que iban a toda marcha hacia el lugar del siniestro era una tumba silenciosa. Ricardo se había sentido insultado por la última frase por Miguel emitida: "cholo de mierda". Porque el no se sentía cholo. Porque ser feo no es ser cholo; porque ser de piel oscura no tiene nada malo; porque ser cholo sí es malo.

-¿Y ahora qué mierda hacemos? -preguntó Ricardo con un tono agresivo y preocupado.
-Tenemos que revisar el perímetro -respondió Miguel, ofuscado -.¡Tenemos que encontrar esa maldita hoja!
-Ya, mira... Tú distrae a los tombos que yo me meto por atrás -aseguró Miguel, secándose el sudor de la frente con la mano. Sus ojos temerosos no se dejaban ver tras los cristales oscuros de sus lentes.

Mientras tanto en el salón de cuarto de secundaria, Lupin estaba de cuclillas intentando descifrar la forma que había tenido el cuerpo de Diego, porque lo único que podía distinguirse, eran muñones chamuscados y cabellos achicharrados: partes de cuerpo, pero sin ninguna forma consistente que revelara que eso alguna vez fue el cuerpo de un muchachito de quince años. Lupin tomó unos apuntes y siguió recorriendo el maltrecho salón de clases. Mientras caminaba sobre la pila de cuerpos descuartizados, se dio cuenta de que, sin un análisis, no podría estar seguro de cuál de todos ellos era el cuerpo de Diego.

La policía seguía esperando afuera, si Lupin tardaba más, ellos entrarían. Confiaban muchísimo en el detective. Sabían que era el mejor, razón por la que el comandante permitió que él ingresara antes que todos y completamente solo. Pero andaban distraídos. Un joven de rasgos andinos comenzó a gritarles de improperios a todos juntos, quienes estaban apostados en la puerta principal del colegio.

-¡Tombos de mierda! ¡Corruptos! ¿Cuánto quieren de coima? -Ricardo vociferaba con verdadera rabia su tirria hacia la Policía.

Miguel finalmente pudo aprovechar el momento para colarse a través de uno de los muros más bajos del colegio, uno que daba a la cancha de fútbol. Conocía el colegio porque él también había estudiado ahí, muy a su pesar, porque le hubiera gustado conocer la pobreza de los colegios del estado, pero ese es otro tema.

Corrió como alma que lleva el diablo al salón de 4to a buscar la dichosa hoja, cuando, de repente, su celular suena. Era Christian, quien desde algún lugar lo llamaba quién sabe para qué. Miguel no contestó y siguió corriendo hacia el salón. El colegio era un pueblo fantasma, pero Miguel debía asegurarse que para esa hora realmente no hubiera nadie. La explosión había ocurrido ya hace unas cinco horas y la zona debía estar abandonada. Esperaba de corazón que la Policía o quienquiera que hubiese estado allí no hubiera encontrado el cuaderno verde de Diego o algún rastro de la hoja de la misión que Christian había descuidado.

Antes de entrar al salón miró hacia ambos lados. El cielo nublado de las seis de la tarde ya oscurecía los pasillos. Vio que no había nadie y se avalanzó hacia el salón, que para aquel momento ya no tenía ningún cuerpo, pero un olor a carne quemada permanecía en al aire, asqueándolo hasta lo más recóndito de su ser.

Mientras estaba distraído buscando cualquier cosa parecida a hojas de papel sintió pasos atrás de él. Volteó lentamente y vio la silueta de Lupin, contorneada por la luz fluorescente del pasillo.

-¿Qué haces aquí? -preguntó el detective con su marcado acento.

Miguel no supo qué responder. Quiso sacar el revolver que tenía escondido debajo del pantalón. Su camisa estaba empapada en sudor.

-Ni siquiera lo intentes -musitó Jean Lupin-. Este caso está resuelto.

Miguel se quitó los lentes oscuros e intentó mirar fijamente a Lupin, pero sólo podía ver el margen de su cuerpo. Aún así se aventuró a hablarle:

-Esto no es terrorismo, Lupin, esto es justicia social. Y no hablo de esto, lo cual ha sido un terrible accidente, hablo de los atentados reales a gente que se lo merece por privar de su libertad a nuestra nación.

El francés sonrió y emitió un sonidito.

-¿Libertad? ¿Acaso ustedes no atentan contra la vida de los que son como tu familia? ¿Poderosos?

Miguel tragó saliva. Sabía que era cierto pero también sabía que no compartía nada con su familia en cuestiones ideológicas. Es más, ni siquiera era su familia verdadera. De algún modo se había enterado en su niñez que fue adoptado por una pareja que no podía tener hijos.

-Lo sé.
-¿Y por qué no los matas?
-Porque es mi familia.
-¿Y acaso esta gente no tiene familia?

El celular de Miguel volvió a sonar. Era Christian de nuevo. Miguel no quería contestarle, mucho menos en momentos tan tensos como éste.

-Contesta -espetó Lupin.
-Ehh.. N-no quiero...
-Contesta -Lupin tenia su pistola en la mano apuntando hacia el suelo.
-No tengo por qué contestar...
-¡Contesta! -el detective levantó el arma y apuntó hacia Miguel.
-¿Alo? -contestó nerviosamente el joven. Las manos le temblaban.
-Pon la llamada en altavoz -ordenó Lupin.

Miguel, con las articulaciones temblorosas presionó una tecla y se escuchó la voz de Christian en todo el salón

-Oye, Miguel... ¡Yo tengo acá la hoja! Mi hermano la leyó pero nunca se la llevó... ¡No hay manera de que nos incriminen!

Miguel soltó el celular. La voz de Christian seguía sonando como un eco que ya nadie escuchaba. El joven se sintió estúpido y derrotado.

-¿Tú crees que podamos llegar a un acuerdo?... Tengo mucho dinero y...

Antes que terminara de hablar, el misterioso detective le disparó en la cabeza, acabando con su vida en un instante, vertiendo todo su odio contenido sobre aquel muchacho de no más de veinticuatro años.

Jean Lupin odiaba a los terroristas. Él sabía que no podrían acusarlo de nada al haber matado a Miguel por ser miembro de un partido terrorista. Su reputación y reconocimiento pesaba más, y estaba seguro de que para nadie esto sería mal visto, porque él jamás hubiera actuado mal, o al menos eso creían todos los que lo respetaban. Estuvo a punto de dudar si todo lo acontecido había tenido que ver con terrorismo, pero todo había quedado claro. A pesar de que Diego había leído los apuntes de la "misión" de su hermano Christian, y Miguel se había presentado en el lugar de los hechos, la explosión por sí misma no tenía nada que ver con el terrorismo.


Jean Lupin volvió a ojear el cuaderno, y al leer las últimas palabras, revivió la pena que sintió cuando las leyó la primera vez hacía un par de hora antes:









"Te amo, Romina... Si no eres mía, no serás de nadie - Diego".


El detective de origen francés, Jean Lupin, miró con tristeza el cuerpo de Miguel, se agachó para coger su billetera y sacó de ella una foto cortada en la que se le veía a él con su madre cuando era un bebé. Lupin sacó su billetera y sacó una foto exactamente igual, pero esta no estaba cortada, donde también aparecía él mismo, veinticinco años antes, cuando recién había llegado a Lima como estudiante de intercambio.

Una o dos lágrimas asomaron por su rostro -porque Lupin no tiene lágrimas- y levantó la pistola a la altura de su sien y haló del gatillo.

La foto se soltó de su mano trémula y detrás de ella decía:

"Aquí con los dos amores de mi vida - 1985"

2 comentarios:

Elisa dijo...

Me ha encantado esta historia, no pude parar de leer hasta el final.Te sigo el blog, te dejo el mio para que lo mires y opines http://vocesdeloslibros.blogspot.com/

Micky Bane dijo...

Gracias por los comentarios positivos. Entraré a tu blog a mirar.

Saludos desde Lima, Perú.