jueves, 15 de marzo de 2012

Una historia brevísimamente larga




La quise desde siempre, mas ella nunca lo supo. Los años fueron transcurriendo y seguí muy de cerca su vida, sus noviazgos, su boda... Estuve a su lado cuando nacieron sus hijos y hasta fui el padrino de uno de ellos.


Su rostro se iluminaba cuando me veía, su sonrisa me turbaba dolorosamente. Yo la amaba, pero ella no lo sabía. No sabía que era mi amor imposible.


Jamás me casé, por la simple razón que quería vivir para ella. Nunca me atreví a insinuarle nada sobre mis sentimientos y, un día, ella enfermó. ¡Todo paso tan rápido!... 


Sabíamos que moriría pronto. Iba a verla, me quedaba largos ratos a su lado, y ya no había alegría en su bellísimo rostro, tan pálido, como mi corazón desesperanzado.


Y en un momento sentí su mano apretar la mía con las pocas fuerzas que le quedaban, abrió sus ojos, tristes, llorosos y alzó la mirada. 


Sus labios susurraron las palabras que siempre esperé en mis sueños, que con angustia imaginé, pero jamás creí que sería posible escuchar. Muy suave, lentamente, dijo:


-Mi amor, gracias por todo lo que me diste. Te diré un secreto: te quiero. Te amé como a nadie en esta vida, pero no tuve el valor de contártelo. Tuve miedo de que no me amaras...

1 comentario:

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